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El Doctor Carrillo ha sido una persona que trascendió no solo por sus
capacidades y profesionalismo, sino, principalmente, por aplicar su
conocimiento de forma conciente para la mayoría de la población, pero
principalmente a los sectores más vulnerables. Sus palabras no dejan duda de
esto:
“Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la
angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas
de enfermedad, son unas pobres causas.”
Además, ha indicado que “los problemas de la medicina como rama del
Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por
una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social
sin una economía organizada en beneficio de la mayoría.” Pero no se
conformaba con esto, sino que también indica que “el Estado no puede quedar indiferente ante el proceso
económico, porque entonces no habrá posibilidad de justicia social, y
tampoco puede quedar indiferente ante los problemas de la salud de un
pueblo, porque un pueblo de enfermos no es ni puede ser un pueblo digno.”
Carrillo nació
en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906, ciudad pequeña por aquel
entonces. Luego de cursar estudios primarios y secundarios en su ciudad
natal, guiado y alentado por su vocación parte rumbo a Buenos Aires, para
iniciar la Carrera de Medicina. Cursa esta carrera de manera brillante y
obtiene, al recibirse en 1929, la Medalla de Oro al mejor alumno de su
promoción. De esta forma, por las circunstancias de la vida y de la
historia, llego a convertirse no sólo en el primer Ministro de Salud Pública
que tuvo la Argentina, sino en quien el tiempo reconocería como mentor y
ejecutor del Plan Sanitario mejor diseñado y ejecutado en el país.
Su idea de salud no la ha formado independientemente del contexto social y
económico local e internacional, y esto se ve reflejado cuando indico que
“en esta época de independencia política y económica,”
cuando Perón había asumido como presidente, “debemos afirmar también nuestra
independencia científica. Debemos tener un sentido de afirmación propia y
universal, sin menoscabo de lo extranjero, pero también sin aceptación
servil.”
De esta forma,
se puede decir que hubo un antes y un después de Carrillo en la Salud Pública Nacional. Eso quedó reflejado en el
mejoramiento de las condiciones de vida, en las obras, en la estructura
hospitalaria y en la infraestructura sanitaria que se logró en un período
increíblemente corto. Su modelo de expansión estuvo lejos de ser
improvisado. Carrillo partió de un complejo plan: modernizar el sistema, estructurando a
partir de allí un nuevo diseño que se adecuara a las características de cada
región del país.
Desde estudiante se inclino hacia la neurología y la neurocirugía,
colaborando con el Dr. Manuel Balado, eminente neurocirujano de la época,
con quien realiza sus primeros trabajos científicos. Ya recibido abraza
definitivamente estas especialidades y obtiene una beca universitaria para
perfeccionarse en Europa, donde trabaja e investiga junto a los más
destacados especialistas del mundo, entre ellos Cornelius Ariens Kappers.
Regresa a Buenos Aires en plena “Década Infame”, donde puede vivenciar el
sistemático saqueo y destrucción que sufre el país, donde se impone la
corrupción, el negociado, la enajenación del patrimonio nacional y el
empobrecimiento de una gran mayoría poblacional. Adhiere entonces al
pensamiento nacional que toma auge en aquella época.
En 1939 se hace cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital
Militar Central. Este cargo le permite conocer con mayor profundidad la
realidad sanitaria del país. Toma contacto con las historias clínicas de los
aspirantes al servicio militar, procedentes de toda la Argentina y puede
comprobar la prevalencia de enfermedades vinculadas con la pobreza, sobre
todo en los aspirantes de las provincias más postergadas. En consecuencia,
lleva a cabo estudios estadísticos que determinan que el país sólo contaba
con el 45% de las camas necesarias, además distribuidas de manera desigual,
con regiones que contaban con 0,00% de camas por mil habitantes “La medicina no sólo debe curar enfermos sino enseñar al
pueblo a vivir, a vivir en salud y tratar que la vida se prolongue y sea
digna de ser vivida.”
En este tiempo, conoce en el Hospital Militar al Coronel Juan Domingo Perón,
con quien comparte largas conversaciones. Es precisamente el Coronel quien
convence al Dr. Carrillo de colaborar en la planificación de la política
sanitaria de ese gobierno.
Luego Perón llegaría a la presidencia, por vía democrática, y confirma al
Dr. Carrillo al frente de la Secretaría de Salud Pública, que posteriormente
se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la
Nación.
Al iniciar sus funciones, Carrillo se encontró
con una gran desorganización, con instalaciones sanitarias inadecuadas, y
con falta de camas, de equipamiento médico, de insumos y de personal
capacitado. Por lo que tubo que afrontar un desafió que supo superar en
muchos de sus aspectos y sus resultados han quedado a la vista, aunque
quedaron muchas de sus ideas por continuar.
“Las tareas de
los higienistas no rendirán frutos si previamente no se consolidan las leyes
obreras destinadas a dignificar la tarea en fábricas y oficinas, a mejorar
sueldos y salarios y lograr los beneficios de jubilaciones y pensiones.”
Carrillo creó y
organizó la escuela de Postgraduados de Medicina y orientó los estudios
hacia la medicina social y preventiva. En cada acción fue anunciando la
transformación que el país necesitaba y que el llevaría adelante como
ministro. A pesar de su devoción por la Secretaría y su labor constante, comenzó a recibir
cuestionamientos -muchos de ellos injustificados- por parte de otros
miembros del gabinete de Perón. El 31 de julio de 1954, le envió una carta
al presidente, a quien había intentado ver infructuosamente días antes. La
carta, que comenzaba diciendo “Querido jefe”, explicaba en uno de sus
párrafos los motivos de su alejamiento, “cuando todo estaba por hacerse
no chocaba con nadie ni recibía tiros desde ningún ángulo pero, con el
ministerio armado y en perfecto funcionamiento, concluyó para mi la paz.”
Un tiempo
después, decidió ir a los Estados Unidos y emplearse en la empresa Hanna
Mineralization and Co., que tenía un emprendimiento a unos kilómetros de
Belem do Pará, en Brasil. Llegó a su nuevo lugar de trabajo el 1 de
noviembre de 1955, donde además colaboró desinteresadamente con el hospital
local.
Como
consecuencia de su enfermedad, el 28 de noviembre de 1956 sufrió un
accidente cerebrovascular., falleciendo el 20 de diciembre de 1956, pobre,
enfermo y exiliado.
Como ha ocurrido con los que más dan por los demás por nada a cambio,
se lo ha enjuiciando, difamado y olvidado como consecuencia del odio
de aquélla. Es tan así que la dictadura de Aramburu prohibió que sus restos
pudieran ser traídos desde el Brasil, donde fue enterrado en el Cementerio
Santa Isabel de Belem do Pará, hasta que, en 1972, sus hijos repatriaron sus
restos para enterrarlo en su provincia natal.
“Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son
accesibles al pueblo”.
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